La Web de Facundo Allia - Mitologia Egipcia II

Mitología Egipcia

Los Primigenios

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Los Mitos Solares En las aguas del abismo primordial, o sobre la colina primigenia, se mueven confusamente el demiurgo y los "dioses anteriores". La obra de la creación no está aún acabada, el mundo no tiene aún su forma definitiva, el cielo y la tierra han sido separados, y la tierra está sumida en la oscuridad. El proceso de la creación alcanza su etapa definitiva cuando el sol surge en el horizonte, brotando de una flor de loto o de las montañas de Oriente, y emprende su viaje en el firmamento iluminando un mundo que, en adelante, le pertenece.
El protocolo de los reyes de Egipto se componía de cinco títulos seguidos de otros tantos nombres diferentes. El último de ellos era el nombre dinástico del soberano introducido por el título "hijo de Re". pero el primer elemento del protocolo era precisamente el título de Horus, el primero que designó a los propietarios del poder real. El rey de la dinastía II Nebire, "Re es mi señor", fue el primer monarca que declaró con su nombre ser partidario del dios solar de Heliópolis y la dinastía siguiente emprendió con Djeser la construcción de las pirámides, unos monumentos funerarios de carácter predominantemente solar.
Durante la dinastía IV Khefren recibió sepultura en una de las grandes pirámides de Gizah y fue el primer soberano que se proclamó en su protocolo "hijo de Re", un título que legitimaba su poder. En un cuento escrito durante la dinastía XII, y quizás anterior, se relata como uno de los hermanos de Khefren, el príncipe Dedefhor, condujo a la corte de su padre, el rey Kheops, a un mago hábil en profecías. El mago anunció al rey que la mujer de un sacerdote de Re estaba embarazada de tres hijos del dios, y que éstos serían los tres primeros monarcas de una nueva dinastía (la dinastía V). Así recordaba la tradición el vasallaje de los soberanos del Imperio Antiguo al dios de Heliopólis, y lo explicaba estableciendo lazos carnales entre la divinidad y los reyes. Los faraones utilizaron siempre, incluso en época romana, el título de "hijo de Re".
Políticamente no hubo ni vencedor ni vencido en el tema del antagonismo de las dos doctrinas, Horus y Re, pero desde el punto de vista religioso Re parece haber obtenido muchas ventajas en el conflicto. Eso parece indicar la leyenda del ojo de Horus, que recoge tradiciones muy remotas, aunque se haya transmitido en versiones escritas del Imperio Nuevo, o de época más reciente. La doctrina más antigua afirmaba que Horus, el halcón celeste, tenía por ojos al sol y a la luna, mientras que los sacerdotes de Heliópolis sostenían que el sol era la forma visible de Re.
Estas dos creencias eran contradictorias y se necesitaba llegar a un compromiso; los textos religiosos acabaron consagrando la propiedad de Re sobre el astro solar y el ojo de Horus designó en adelante a la luna, un astro al que se atribuyen propiedades maléficas, porque cambia de forma y tamaño, y desaparece en el cielo siguiendo su ciclo. La leyenda apoyó positivamente la doctrina heliopolitana y se dejó contaminar con temas que provenían de la leyenda de Osiris, que se hacía cada vez más popular. Horus el antiguo, el dios celeste, se convirtió en Horus el Niño (Harpócrates), el hijo de Osiris y de Isis, y en el pretendiente al trono de Egipto como heredero legítimo de Osiris, no por méritos propios. Después de haber luchado durante mucho tiempo con su hermano Seth, Horus consiguió recuperar el ojo que había perdido, lo purificó para reparar los daños que había sufrido, y lo colocó de nuevo en su sitio. Los egipcios llamaban a este ojo "el sano" (Udjat) y lo consideraban como un poderoso amuleto.
El ojo de Re podía alejarse y tener pensamientos y pasiones independientes. En la cosmogonía heliopolitana el ojo de Re se alejó del rostro del dios llorando lágrimas de las que nacieron los hombres, y cómo Shu y Tefnut partieron en su busca para devolverlo a su señor, quien lo colocó de nuevo en su frente después de haberle dado el aspecto de una serpiente, el uraeus que sirve de tocado a los reyes de Egipto. Este relato formaba parte de un ciclo de leyendas que fueron populares en época greco-romana pero que ya existían en el Imperio Nuevo. Otra leyenda decía que el ojo del sol era su propia hija, Hathor, la cual, antes de morir, rogó a su padre que le permitiera contemplar al menos una vez al año la luz del sol.
Otra leyenda muy popular, muestra de ello es que está grabada en diversos muros de templos ptolemaicos, es la siguiente: Tefnut vivía en el desierto de Nubia con el aspecto de una leona aterradora. Su padre Re deseaba tenerla a su lado para que le protegiera de sus adversarios que le buscaban amenazadoramente. Entonces envío a buscarla a Shu, otro león monstruoso hermano de Tefnut, y a Thot, su escriba de confianza que era el dios de la sabiduría y de la magia. Los dos mensajeros se transformaron en monos, y al encontrarla Thot le dirigió la palabra con mucho respeto y le dijo que vivir en Egipto era más agradable y que allí le ofrecerían cada día caza abundante y vino. Tefnut se dejó convencer y volvió a Egipto con los dos mensajeros. Cuando llegaron a Filé la leona aplacó su ardor al bañarse en las aguas sagradas de la catarata y se transformó en una joven muy hermosa, Hathor la hija predilecta de Re, que se convierte, según su humor, en la cruel leona Sekhmet o en la dulce gata Bastet.
El mito que narra la rebelión de los hombres contra Re fue registrado en las paredes de cinco tumbas reales del Imperio Nuevo (Tutankhamón, Sethi I, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés VI). Junto al texto los escribas copiaron una serie de fórmulas mágicas destinadas a proteger el cuerpo del rey difunto de cualquier peligro, de modo que la leyenda parece relatar el perdón de la humanidad amenazada de destrucción a causa de su desobediencia, y no la destrucción de la humanidad, como se ha dicho siempre.
Re era ya viejo, y los hombres osaron conspirar contra el dios anciano. Cuando Re se enteró de la conspiración hizo llamar a su ojo (Hathor), a Shu, a Tefnut, a Geb y a Nut, y también a los padres y a las madres que estuvieron con él en el Abismo primordial, e incluso al Abismo. Así mandó a Hathor para que los destruyese. Cuando volvió después de hacer una matanza Re la felicitó y volvió a mandarla a destruirlos. Re en el último momento se arrepintió y mandó regar los campos con un líquido rojo para que pareciese sangre, cuando Hathor vió los campos regados de sangre, bebió de ella y se sació. Así Re salvó a la humanidad y venció la rebelión, pero la ingratitud de los hombres le decidió a apartarse de ellos. Nun hizo venir a su hija, la vaca Nut, y Re se colocó sobre su lomo. La diosa se elevó hasta el cielo y formó a partir de ese momento la bóveda celeste. Pero cuando bajó los ojos y vió la tierra desde tan alto, se aterrorizó, y Re ordenó a Shu, el dios del aire, que la sostuviera con sus brazos. Así fueron separados el cielo y la tierra, los dioses y los hombres, y el mundo adoptó su organización definitiva. Re atravesaba el cielo navegando en su barca y los otros dioses estaban suspendidos bajo el vientre de la vaca celeste, convertidos en estrellas.
Otro cuento mitológico narra como Isis se ingenió para conocer el verdadero nombre del anciano padre de los dioses, Re. Los egipcios pensaban que los nombres eran la esencia misma de las cosas a las que designaban. La soberanía y el futuro de Re dependían de su nombre oculto e Isis se propuso conocerlo para adquirir su poder. Así Isis hizo una serpiente con la saliva de Re y el barro, para que le picara. Cuando estaba muy enfermo a causa de la picadura, la mandó llamar para que le curara, entonces Isis le preguntó cúal era su nombre para así poder salvarle. Re sabía que la pregunta de Isis era justificada. El nombre de una persona era para un egipcio una parte esencial de su ser. Bastaba conocerlo para poder ejercer una influencia benéfica o maléfica sobre su propietario. La vida y la muerte dependían del nombre, como enseñan las inscripciones funerarias que repiten numerosas veces el nombre del difunto para que su espíritu pueda sobrevivir a la destrucción del cadáver o a la de las imágenes que le representan.
Para comunicar a la maga su nombre verdadero equivalía a sucumbir a su poder, porque Isis podría en adelante someterle a sus hechizos e incluso aniquilarle. Al final Re le da su nombre oculto, entonces Isis le curó, y a partir de ese momento Isis ya poseía la autoridad de Re, y el final de la historia da a entender oscuramente que la diosa comunicó a su hijo Horus los poderes muy grandes que había adquirido.
El relato de la rebelión de Seth contra Re decora una de las paredes del Templo de Edfú. El texto es conocido bajo el título de Mito de Horus, fue grabado en la pared durante el reinado efímero de Cesarión, el hijo de Julio César y de Cleopatra. Aunque se piensa que la elaboración del mito se remonta a tiempos muy anteriores, incluso a la protohistoria, ya que representaría el recuerdo legendario de las luchas que condujeron al dominio del reino del Norte sobre el reino del Sur de Egipto. Otra teoría pretende explicarlo como una evocación del triunfo pasajero de los adoradores de Seth durante el reinado de Peribsen (a fines de la dinastía II). También se ha dicho, que ciertos elementos del mito son característicos de la época ramésida y que pudieran incluso recordar la dominación de Egipto por los persas.
El defensor de Re es esta vez Horus el Antiguo (Haroeris), el dios celeste adorado en Edfú, que recibe a veces la ayuda de Horus el Niño (Harpócrates), el hijo de Osiris y de Isis. La presencia de Harpócrates induce a pensar que la redacción del mito la hicieron escribas del Imperio Nuevo, o a los de una época posterior. El relato es muy pintoresco. Seth y sus partidarios se metamorfosean continuamente en cocodrilos o en hipopótamos, mientras que Horus y sus compañeros, los "arponeros", los combaten y vencen en numerosas batallas atravesándolos con sus lanzas, en Egipto y en Nubia. Horus se transforma durante los combates en el disco alado que decora las puertas de su templo en Edfú, en un hombre con cabeza de halcón o en una esfinge.
Cuando el anciano Re decidió alejarse definitivamente de la tierra, se instaló en el cielo y empezó a recorrerlo cada día en su barca. Su reinado terrestre había concluido, pero decían los egipcios que su poder no había sufrido ninguna mengua y siguieron considerándole como al padre de los dioses. Los Textos de las Pirámides dicen que Re transmitió su herencia a Geb, el dios de la tierra, mientras que él seguía administrado la justicia en el cielo como presidente de la Enéada divina. Sin embargo, el texto grabado en una naos erigida en Saft el-Henna, en la extremidad oriental del Delta, da una versión diferente de la genealogía de los reyes divinos. Se lee en esta naos que a Re le sucedió su hijo Shu, el dios del aire, y a Shu su hijo Geb, el dios de la tierra. Este orden de sucesión parece haber sido generalmente aceptado en época tardía.
Shu gobernaba y Egipto se beneficiaba grandemente de su administración, pero los hijos de Apopis atacaron la frontera oriental y pusieron en peligro los nomos del Delta. Esta leyenda alude a las invasiones muy reales de las tribus nómadas del desierto arábigo y de Palestina que periódicamente atravesaban la frontera y penetraban en el Delta tomando la vía del Uadi Tumilat. Shu rechazó a los invasores en una batalla victoriosa, pero cayó enfermo y una revolución le obligó a transmitir el poder a su hijo Geb. Shu subió al cielo y se reunió con su padre Re mientras que Geb se enfrentaba de nuevo con sus enemigos. El peligro era tan grande que imaginó, para vencerlo, apoderarse y servirse del uraeus que Re llevaba enroscado en su frente para que le protegiera de sus adversarios. Pero el uraeus se enfureció, atacó a los partidarios de geb y le mordió a él mismo. Geb fue curado milagrosamente, Re-Horakthi vino en su ayuda y sus victorias le restablecieron en el trono, de modo que pudo pacíficamente dedicarse a su obra de buen gobierno. Concluido su reinado, sus descendientes lograron establecerse sólidamente en el poder.
Los egipcios creían que Re, después de haber transmitido su función de monarca terrestre, seguía siendo el soberano del reino de los muertos. Semejante doctrina entraba en conflicto con el osirianismo cuyos partidarios veían en Osiris al posesor de la misma función. Muy pronto se alcanzó un compromiso: durante mucho tiempo se reservó la religión funeraria solar a los reyes y a los miembros de sus familias, mientras que el osirianismo se propagó entre los campesinos y las gentes modestas hasta el día en que obtuvo la adhesión fervorosa de toda la población.
La explicación de la existencia de la religión funeraria solar es evidente. Todos podían ver cada día desaparecer el sol en el horizonte occidental, y al día siguiente lo veían surgir en el Oriente. Creían que el sol recorría en su viaje nocturno un mundo subterráneo cubierto por un cielo inferior que el astro surcaba en su barca, como lo hacía cuando navegaba a través del cielo terrestre. Esta doctrina solar predominó durante todo el Imperio Antiguo e inspiró profundamente los Textos de las Pirámides. Más tarde dió lugar a una literatura especializada cuyo ejemplo más explícito fue, durante el Imperio Medio, una serie de fórmulas contenidas en los Textos de los Sarcófagos y llamadas el Libro de los Dos Caminos.
Se trata de comentarios que acompañan a un mapa del otro mundo, la región subterránea que atraviesan un camino terrestre y un camino acuático. Provisto de este guía, el difunto podía emprender tranquilo su largo viaje hacia el paraíso. Este tipo de literatura alcanzó un desarrollo muy considerable durante el Imperio Nuevo, como por ejemplo El Libro del Amduat, que es una descripción de las regiones subterráneas donde habitan los muertos, con tendencias osirianas, pero el papel más importante lo desempeña Re. El sol recorre en su barca el mundo inferior durante las doce horas de la noche. Este mundo está dividido en doce regiones, tantas como horas tiene la noche, y un río lo atraviesa por el que navega la barca de Re. La diosa que representa a cada una de las horas y las divinidades de cada región le sirven de cortejo, pero a pesar de tanta gloria, Re es un cadáver con cuerpo humano y cabeza de morueco.
La barca va recorriendo sucesivamente todas las cavernas o regiones; los muertos le aclaman desde ambas riberas y le ayudan si la corriente no es suficiente o hay bancos de arena. Si esta ayuda no basta, Re se convierte en serpiente después de recitar las fórmulas mágicas de Isis. Enemigos intentan cerrarle el paso, como la serpiente Apopis que habita la séptima caverna. En la duodécima caverna, Re se transforma en Khepri, el escarabajo, el sol de la mañana, y abandona el mundo de las tinieblas y surge del oriente para iluminar el mundo de los vivos. Su antiguo cuerpo permanece en el mundo inferior, mientras que Khepri sube en su "barca de la mañana" y emprende la travesía del cielo diurno, bajo el vientre de Nut, la vaca celeste.
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La religión funeraria: Osiris

Los primeros adoradores de Osiris, parece que fueron los habitantes de Busiris, la capital del nomo IX del Bajo Egipto, donde suplantó muy pronto al dios local Andjti. La ciudad era conocida con el nombre de su templo principal, Pi-Usir ("La mansión de Osiris"). Durante las fiestas del jubileo, los oficiantes erigían la columna en memoria del triste destino de Osiris, de su muerte trágica y de su reencarnación en su hijo Horus, el nuevo rey.
Parece ser que Osiris fue considerado en tiempos muy antiguos como un rey difunto y divinizado que vivió antes de que Heliópolis alcanzara la supremacía política. El carácter de dios de la vegetación lo tomó de los atributos del dios Andjti después de haberle suplantado en su nomo. La tradición religiosa le atribuía la unificación de Egipto y se le representaba llevando un tocado que reunía las dos plumas de Andjti, uno de los dioses del bajo Egipto, y la corona blanca que ceñían los reyes del Alto Egipto. Además todo lo que se sabe de la familia de Osiris parece confirmar su carácter real. La rivalidad que le opuso a su hermano Seth, el poderoso monarca de Ombos en el Alto Egipto, ha sido interpretada como el recuerdo de las guerras que concluyeron con la unificación del país, o quizás como una alusión a los antagonismos que suscitó la introducción del culto de Seth en el Delta Oriental.
Esta hipótesis moderna, que cree poder reconocer en Osiris a un rey divinizado por sus partidarios encuentra cierto apoyo en la doctrina de los sacerdotes el Imperio Antiguo para quienes el dios era ante todo el rey y el juez de los muertos. Pero a esta concepción se yuxtapone, ya en el Imperio Antiguo, aquella de un dios de la tierra: Osiris era considerado como una hipóstasis local de su padre Geb, el dios de la tierra por excelencia. Otras veces Osiris aparece como el dios de la inundación anual, o el dios de la vegetación, y ante todo el soberano de las necrópolis y del mundo inferior. Su popularidad creciente desdibuja sus hipotéticos rasgos primitivos de monarca de los vivos y, al mismo tiempo, acaba imponiéndolo como un rey victorioso en los principales centros religiosos de Egipto.
Heliópolis acogió a Osiris y a sus hermanos, formando parte de la Enéada, la familia divina que descendía de Atum-Re, el Demiurgo local. Esto supuso poner a prueba la retórica de los sacerdotes del templo de Re, porque Osiris no tenía hasta entonces ninguna de las características de un dios cósmico. Los Textos de las Pirámides, de inspiración solar, están llenos de contradicciones cuando se refieren a Osiris, tratándole a veces con el respeto debido al rey del mundo de los muertos, y otras con la irritación que merece un advenedizo.
Finalmente se halló el modo de hacer convivir en el cielo a Re y a Osiris, identificando a éste último con Orión, el príncipe de las constelaciones, y su triunfo fue tan completo que ciertos pasajes de los Textos de las Pirámides le atribuyen incluso la soberanía de los caminos del cielo y la posesión de las barcas solares.
Este aspecto solar de Osiris es artificial y parece debido a consideraciones de oportunismo político. También se asimila a Osiris con la luna desde tiempos antiguos. A partir del Imperio Nuevo los documentos son más fáciles de interpretar y parecen atribuir la naturaleza lunar de Osiris a la semejanza que presentan los destinos del dios y del astro: los "sufrimientos" del rey asesinado hacen pensar en aquellos de la luna, es decir, en sus fases y eclipses, cuando decrece y desaparece, para renacer en el período de la luna llena, a semejanza de Osiris. El mito sufre al mismo tiempo la influencia del relato de las tribulaciones del ojo de Horus, porque los egipcios confundían frecuentemente los dos ojos del halcón celeste, el sol y la luna. Para explicar los cambios de aspecto de la luna se decía que Seth, el príncipe de las tinieblas, se transformaba en un cerdo negro, por ejemplo, y se tragaba la luna que contenía el alma de Osiris. Plutarco más tarde también se referirá en sus textos al destino lunar de Osiris
Durante el Imperio Antiguo muchas otras ciudades acogieron el culto a Osiris. Según la leyenda, cuando Isis y Neftis retiraron del agua el cadáver de Osiris le dieron sepultura en Menfis. Los menfitas confundieron la tumba de Osiris con la de Ptah-Sokaris y la introducción del dios en el panteón de la capital del Imperio Antiguo contribuyó a acentuar los elementos de la leyenda que presentaban a Osiris como a un rey terrestre. Fue en Menfis donde Geb puso término a las luchas entre Seth y Horus, confiando a éste último el gobierno del todo el país. El Fayum y Heracleópolis veneraron a Osiris como al "soberano de la tierra del lago". Cuenta la leyenda que Seth había dispersado los miembros de Osiris a través de los nomos de Egipto y que todos los miembros fueron de nuevo reunidos en el lago del Fayum. La reconstitución de los miembros del difunto parece simbolizar la reunión de todos los nomos para formar una nueva nación. Según el capítulo 175 del Libro de los Muertos, Osiris Naref fue adorado en Heracleópolis y ocupó el trono de Re y que todos los dioses le rindieron homenaje, incluso su enemigo Seth.
Abidos era ya al principio de la historia el principal centro funerario del país. Los reyes de las dos primeras dinastías tinitas recibían sepultura en Abidos, que era el cementerio de la capital, Tinis, donde se suponía estaba la tumba de Osiris. El primer patrono de la necrópolis fue el chacal Khentimentiu, que a partir del Imperio Antiguo no pudo resistir a la expansión de la doctrina osiríaca; los dos dioses eran ya confundidos durante la dinastía V, luego Khentimentiu perdió su personalidad y su nombre, convirtiéndose en un epíteto que se solía añadir a los nombres de Osiris y Anubis, el chacal patrono de los momificadores.
Cuando se propagó en Abidos, la doctrina Osiríaca ya había sufrido la influencia de la religión heliopolitana, cuyo dios principal, Re, era en aquellos tiempos (2.500 a.C.) el señor del mundo de los muertos en las necrópolis reales de Gizah y Saqqarah. Con la confusión política y religiosa que separa el Imperio Antiguo del Medio, los reyes de Heracleópolis siguieron fieles a la doctrina solar, mientras que sus rivales de la dinastía XI debieron favorecer los cultos del Alto Egipto y la doctrina Osiríaca. La victoria de los tebanos sobre los heracleopolitanos consagró el triunfo de Osiris; Abidos se convirtió entonces en el más importante santuario del dios en Egipto y en el principal centro de peregrinación, eclipsando incluso a Busiris, la patria de Osiris en el Delta. Todos deseaban ser enterrados en Abidos, o al menos un cenotafio.
A partir del Imperio Medio Osiris es el dios principal de Abidos y su Eneáda la formaban los principales dioses de Egipto.Todos lo veneraban y le erigían templos, incluso las antiguas capitales dinásticas, como Tinis-Abidos, Heliópolis, Heracleópolis y Menfis. Su popularidad y la propagación de su culto se debió principalmente a la devoción de los humildes, sobre todo campesinos. El destino de los otros dioses estaba sometido a las vicisitudes políticas, sus cultos y riquezas dependían de la prosperidad de las dinastías y de las ciudades que se colocaban bajo su protección. La actitud de los fieles era diferente cuando se trataba de Osiris, porque este dios encarnaba una idea que fue muy popular en Egipto como en otros pueblos: Osiris era el buen rey que defendía a los oprimidos y que fue, él mismo, víctima de un enemigo que despreciaba la justicia.
La doctrina osiríaca concilió las atribuciones de un monarca con el ejercicio de la justicia y atribuyó a Osiris la tarea de presidir el tribunal divino que juzga a los muertos. Poco a poco se había llegado a pensar que el destino de los hombres en el otro mundo no dependía de su posición social durante la vida terrestre, sino de sus cualidades morales. Esta idea es hoy muy natural, pero en aquellos tiempos era muy original. Los faraones continuaron refiriéndose en sus tumbas a la religión tradicional, que les garantizaba un puesto en la barca de Re y la unión eterna con el disco solar, mientras que sus súbditos buscaron la salvación en la doctrina de Osiris que les prometía ser acogidos favorablemente en el mundo de los muertos.
De acuerdo con una creencia muy antigua pero cuyas representaciones sólo son corrientes a partir del Imperio Nuevo, el alma, o más concretamente el Ba, debía someterse a un juicio divino cuando atravesaba la puerta del otro mundo. Este juicio sirvió de argumento a una escena pintoresca que los artistas egipcios reprodujeron innumerables veces en la viñeta que ilustra el capítulo 125 del Libro de los Muertos. Pesar el alma era en realidad pesar el corazón del difunto, que era la sede de la inteligencia y de la conciencia. Osiris presidía este tribunal, sentado en un trono cubierto con un dosel.
Isis y Neftis estaban a su lado, y un poco más apartados los 42 dioses asesores que parecen representar a los nomos egipcios. Anubis entraba en la sala y conducía la difunto tomado de la mano frente a sus jueces y junto a la balanza en que se pesaban las acciones. El mismo Anubis se encargaba de efectuar la pesada colocando el corazón en un platillo y una estatuilla de Maat, la diosa de la Verdad y de la Justicia, en el otro. Thot, el dios escribano, observaba el fiel de la balanza y registraba en un papiro el resulta. Mientras tanto, el muerto se dirigía a sus jueces y pronunciaba la doble "confesión negativa". Al pie de la balanza se hallaba "la Devoradora", un animal monstruoso con cabeza de cocodrilo, parte delantera del cuerpo de un león, y parte trasera de hipopótamo. El monstruo dirigía la mirada hacia Osiris y hacia Thot esperando impaciente el veredicto, dispuesto a arrojarse sobre el difunto si la sentencia era de culpabilidad. En el caso contrario, se le declaraba "justo de voz" (honesto en su discurso), podía reunirse con los "grandes dioses" de la necrópolis y era admitido en el reino de Osiris.
La popularidad creciente del culto a Osiris le convirtió en una divinidad dotada de competencias muy diversas. Así se explican las interpretaciones aparentemente contradictorias que se han formulado acerca de su personalidad primitiva. Los campesinos debieron relacionar los diferentes episodios de su leyenda con los ciclos de la naturaleza, con los campos marchitos después de la cosecha y misteriosamente cubiertos por el manto de la inundación, y con el reverdecer de la vegetación cuando las aguas se retiraban. Cuando las plantas se ajaban y morían, se decía que Osiris había muerto, pero no totalmente, pues algo de vida se conservaba bajo tierra, que brotaba cada año cuando llegaba su tiempo y demostraba así que Osiris estaba aún vivo. Osiris era la garantía de la fecundidad de los campos sembrados de grano. Existen muchísimos testimonios que parecen dar la razón a quienes piensan que Osiris fue ante todo un dios de la tierra y de la vegetación, su carácter de soberano terrestre o de los muertos sería secundario, y la leyenda de su muerte sería la explicación mitológica de la incomprensible muerte anual de las plantas. El dios de la vegetación lo era también de la inundación, el agua nueva que surgía de las profundidades del Nun para fertilizar los campos.
En la Baja Epoca existía en la isla de Bigeh un santuario que se decía era la tumba de Osiris. Su nombre era el Abatón, "el inaccesible", porque estaba prohibido aproximarse y turbar el reposo del dios. Las listas de las reliquias de los templos greco-romanos dicen que en Bigeh se hallaba enterrada únicamente la pierna izquierda del dios y que en esta pierna estaba situada una fuente por la cual las aguas brotaban a torrentes. En los últimos tiempos del paganismo, Osiris era ante todo el dios adorado en el Abatón, y su esposa Isis la soberana de la vecina isla de Filé. Osiris tenía el aspecto de Hapi, el dios de la inundación, y habitaba en una caverna protegida por una serpiente. A la entrada se alzaba un árbol, símbolo quizás del árbol que le sirvió de ataúd en Biblos. Cerca de la tumba se extendía una arboleda en cuyas ramas se posaba el alma de Osiris cuando salía al aire libre y revoloteaba con el aspecto de un pájaro dotado de cabeza humana. Cada diez días, Isis salía de su santuario en la isla de Filé y visitaba la tumba de su esposo en el Abatón.
La fama de Osiris alcanzó su punto culminante en tiempos de los emperadores romanos, cuando la religión egipcia estaba a punto de extinguirse. Antes de extinguirse, el culto de Osiris y de su familia, Isis y Harpócrates, se extendió por todo el Imperio, encontrando en todas partes un fervor tan ardiente como efímero. El triunfo se debió a la sencillez y a la humanidad del mito, de un cuento cuya intriga se puede comprender fácilmente. Se trata de la historia de un buen rey que murió asesinado, que resucitó gracias al amor y a la magia de su esposa, fue vengado por su hijo y es, en el otro mundo, garantía de inmortalidad para aquellos que la merecen. Su popularidad convirtió muy pronto al osirianismo en una fuerza moral, en una regla de conducta que se basaba en el amor y en la justicia. Solo más tarde, durante el Imperio Nuevo, aparecieron otras formas de religiosidad que respondían a las mismas aspiraciones, la llamada "religión del pobre" que es la expresión de la piedad personal de los desfavorecidos, e incluso, en cierto modo, el atonismo que tanto debió a la personalidad excepcional de un faraón, pero que se inspiró parcialmente en los mismos sentimientos.
La procedencia de la leyenda de Osiris es un tema complicado. Los habitantes de Busiris se la contaban probablemente los unos a los otros muchos siglos antes de que existiera la escritura y no hay nada que demuestre que en los tiempos prehistóricos su contenido no fuera idéntico al que nos revelan los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo. En estos Textos se reconocen ya los elementos esenciales de la leyenda, pero los episodios que la componen se enriquecieron y se complicaron progresivamente de acuerdo con la fantasía del narrador o el talento del escriba. Los textos específicamente religiosos, es decir los libros funerarios o los himnos que se entonaban en los templos, tienen poco que ver con los cuentos que se conocen. Otras obras literarias anteriores y posteriores mencionan diferentes episodios del cuento, lo que demuestra que el pueblo egipcio escuchaba y repetía con placer las peripecias de una leyenda adornada con numerosos detalles bastante burdos pero que exaltaban el amor conyugal y materno.
Un papiro de la dinastía XIX conserva, en muy mal estado, una versión muy diferente de la leyenda de Osiris. El cuento de La Verdad (Osiris) y su hermano menor Mentira (Seth). La trama de la historia y el carácter de los personajes son muy diferentes de la leyenda prototipo, de modo que este nuevo cuento parece pertenecer a otra fuente literaria, de la que se encuentran ecos evidentes muchos siglos más tarde en un cuento de Las Mil y Una Noches y, quizás, en una anécdota recogida por Plutarco (Vida de Licurgo, 15,10). Durante el Imperio Nuevo la leyenda sigue enriqueciéndose con nuevos elementos. Por aquellos tiempos aparece en el Libro de los Muertos cuatro nuevos miembros de la familia de Osiris, los cuatro hijos de Horus: Imset, Hapy, Duamutef y Kebehsenuf, que eran en el ajuar funerario otros tantos amuletos, o los cuatro vasos canopes que contenían las vísceras del difunto.
Los documentos egipcios presentan siempre una versión incompleta de la leyenda, sólo Plutarco ha dejado un relato íntegro, aunque ciertos elementos se alejan mucho de la fuente primitiva. Plutarco escribió esta obra hacia el año 100 de nuestra era. No se trata de la obra de un estudioso que se interesó por una religión extranjera sino de la de un creyente iniciado en los misterios de la diosa, aunque no renegara en modo alguno de las divinidades de sus antepasados griegos, ni de la metafísica de Platón y Pitágoras. Diversos episodios de su cuento no se encuentran en la leyenda primitiva, y tanto el relato como el abundante comentario que le acompaña reflejan la sensibilidad de los poetas griegos de la época. La obra es un producto típico de la civilización helenística que acogía liberalmente todas las religiones practicadas en los países sometidos al Imperio Romano.
Los dioses egipcios se confundieron entonces con los dioses griegos y el mismo Plutarco recurrió a etimologías tan ingeniosas como falsas para intentar demostrar que los nombres de Isis y de Osiris fueron antiguamente tomados de la lengua griega. Plutarco pensó haber demostrado de este modo que Isis y Osiris no eran divinidades extranjeras. Otros dioses extranjeros, como Yahveh, la Gran Madre de Asia Menor, y Mitra de los persas contaron en todas las provincias del Imperio con un número incalculable de secuaces. El estado vió el peligro de estas religiones y acabaron persiguiéndolas; así los fieles de Isis conocieron las persecuciones, la destrucción de sus templos y la crucifixión de sus sacerdotes, como sucedió a los judíos y un poco más tarde a los cristianos.
El culto de Isis recuperó muy pronto la influencia que había perdido y a partir de Calígula gozó de la protección personal de varios emperadores. Adriano visitó Egipto y cuando su favorito Antinoo se ahogó en las aguas del Nilo, el emperador dispuso que fuera deificado, que se le erigiera un templo en una ciudad fundada en su nombre y que en su honor se celebraran juegos atléticos. Admirada por los filósofos, la nueva fe correspondía también a las aspiraciones de las gentes sencillas, ya que a todos ofrecía la posibilidad de ser acogidos, después de la muerte, en el reino de Osiris donde gozarían de una vida mejor, eternamente protegidos de la injusticia. Mientras esperaban ese momento, los fieles se consolaban rezando en los templos de la diosa que encarnaba la justicia y la bondad, y que defendía incansablemente el orden divino contra los ataques de Tifón (Seth). El culto de las divinidades egipcias propagaba a través del Imperio una doctrina de salvación que anunciaba el combate interminable del bien contra el mal.
El prestigio de Isis era tan grande que acabó absorbiendo a todas las divinidades femeninas, en primer lugar a las de Egipto, y posteriormente a todas las del Imperio. Las diferentes provincias adoraban a los dioses egipcios, desde Africa Septentrional hasta el valle del Danubio, desde Inglaterra hasta el valle del Indus. Pero el triunfo de Isis fue tan efímero como brillante. El cónsul Nicómaco Flaviano ordenó celebrar en Roma, en el año 394, fiestas nacionales en honor de Isis, y ese mismo año vio el triunfo del cristianismo Teodosio: los templos paganos fueron cerrados y los sacrificios prohibidos. En Egipto la situación fue la misma. El paganismo encontró su último refugio en el círculo de los filósofos místicos que se mantuvieron fieles a los dioses del Nilo ya bien entrado el siglo VI. Pero sabían bien que el mundo ya pertenecía en adelante a los cristianos y que muy pronto nadie mostraría interés por la antigua religión, ni por las innumerables inscripciones que celebraban, sobre las paredes de los templos en ruinas, la gloria de los dioses paganos:
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