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Mitología Griega - Sagas Mitológicas
Orión:
Orion, cazador de Hiria, en Beocia, y el más bello de los hombres
vivientes, era hijo de Posidón y Euríale. Un día
fue a Hiria, en Quíos, y se enamoró de Mérope,
hija de Enopión, hijo de Dioniso. Enopión había
prometido a Orion que le daría a Mérope en matrimonio
si liberaba a la isla de las peligrosas fieras que la infestaban;
él se dedicó a hacer eso, y todas las noches llevaba
las pieles a Mérope. Pero cuando por fin terminó su
trabajo y la reclamó como esposa, Enopión le dijo que
circulaban rumores de que todavía se escondían leones,
osos y lobos en las montañas y se negó a entregarle
su hija; la realidad era que él mismo estaba enamorado de ella.
Una noche Orion, disgustado, bebió un odre de vino de Enopión,
lo que le inflamó de tal modo que irrumpió en el dormitorio
de Mérope y la obligó a acostarse con él. Cuando
llegó la aurora Enopión invocó a su padre Dioniso,
quien envió a unos sátiros para que invitaran a Orion
a beber más vino, hasta que quedó dormido; entonces
Enopión le sacó los dos ojos y los arrojó a la
orilla del mar. Un oráculo anunció que el ciego recobraría
la vista si viajaba hacia el oriente y volvía las cuencas de
los ojos hacia Helio en el punto en que se eleva del océano.
Inmediatamente Orion remó mar adentro en una pequeña
embarcación y, siguiendo el sonido del martillo de un Cíclope,
llegó a Lemnos. Allí entró en la fragua de Hefesto,
se apoderó de un aprendiz llamado Cedalión y se lo llevó
a hombros como guía. Cedalión condujo a Orion por tierra
y mar, hasta que por fin llegó a la parte más lejana
del océano, donde Eos se enamoró de él y su hermano
Helio le devolvió la vista. Después de visitar Délos
en compañía de Eos, Orion volvió para vengarse
de Enopión, al que, sin embargo, no pudo encontrar en ninguna
parte de Quíos porque estaba oculto en una cámara subterránea
que le había construido Hefesto. Se embarcó para Creta,
adonde creía que podía haber huido Enopión en
busca de la protección de su abuelo Minos, y se encontró
con Artemis. Quien compartía con él su afición
a la caza. Ella no tardó en convencerle para que olvidara su
venganza y en cambio saliese a cazar con ella. Ahora bien, Apolo sabía
que Orion no había rechazado la invitación de Eos a
acostarse con ella en la isla santa de Délos -la Aurora se
ruboriza todavía a diario recordando esa indiscreción-
y, además, se jactaba de que libraría toda la tierra
de fieras y monstruos. Temiendo, por lo tanto, que su hermana Ártemis
fuese tan enamoradiza como Eos, Apolo apeló a la Madre Tierra
y, repitiendo chismosamente la jactancia de Orion, consiguió
que un escorpión monstruoso lo persiguiera. Orion atacó
al escorpión, primeramente con flechas, luego con su espada,
pero, viendo que su coraza resistía cualquier arma mortal,
se sumergió en el mar y nadó en dirección a Délos,
donde esperaba que le protegiera Eos. La
fábula de Orion se compone de tres o cuatro mitos inconexos
y ensartados unos con otros. El primero, expuesto de manera confusa,
es el de Enopión. Éste se refiere a la renuencia de
un rey sagrado a abandonar su trono a la terminación de su
período, ni siquiera cuando el nuevo candidato a la dignidad
real había ya librado los combates rituales y se había
casado con la reina, con los acostumbrados festejos. Pero el nuevo
rey es sólo un interrex que, después de reinar un día,
es debidamente asesinado y devorado por las Ménades; el rey
anterior, que ha estado fingiéndose muerto en una tumba, vuelve
a casarse entonces con la reina y continúa su reinado.
Después de mantenerlo oculto durante un tiempo entre los pastores del río Tano, que separa a Argólida de Laconia, el preceptor fue con Orestes a la corte de Estrofio, firme aliado de la Casa de Atreo, quien gobernaba en Crisa, al pie del monte Parnaso . Este Estrofio se había casado con la hermana de Agamenón llamada Astíoque, o Anaxibia, o Cindrágora. En Crisa Orestes tuvo por compañero de juegos a un muchacho aventurero, a saber, el hijo de Estrofio llamado Pílades, que era algo más joven que él, y su amistad estaba destinada a hacerse proverbial . Por el anciano preceptor se enteró con pesar de que el cadáver de Agamenón había sido sacado de la casa y enterrado apresuradamente por Clitemestra, sin las libaciones ni las ramas de mirto, y que a los habitantes de Micenas se les había prohibido asistir al funeral . Egisto
reinó en Micenas durante siete años; viajaba en el carro
de Agamenón, se sentaba en su trono, empuñaba su cetro,
llevaba sus túnicas, dormía en su lecho y dilapidaba
sus riquezas. Pero a pesar de todos esos aderezos regios era poco
más que un esclavo de Clitemestra, la verdadera gobernante
de Micenas . Cuando se embriagaba solía saltar sobre la tumba
de Agamenón y apedrear la lápida mientras gritaba: "¡Ven
Orestes, ven a defender lo tuyo!" La verdad era, no obstante,
que vivía con un abyecto temor a la venganza, incluso cuando
lo rodeaba una guardia extranjera de confianza; no pasaba una sola
noche en sueño profundo y había ofrecido una gran recompensa
en oro por el asesinato de Orestes . Electra se había comprometido en casamiento con su primo Castor de Esparta antes de la muerte y semideificación de éste. Aunque los principales príncipes de Grecia aspiraban a su mano, Egisto temía que pudiera dar a luz un hijo que vengara a Agamenón y en consecuencia anunció que no sería aceptado pretendiente alguno. De buena gana habría dado muerte a Electra, que le mostraba un odio implacable, para que no se acostara en secreto con algunos de los funcionarios del palacio y le diera un bastardo, pero Clitemestra, quien no sentía remordimientos de conciencia por su participación en el asesinato de Agamenón, y temía incurrir en el desagrado de los dioses, le prohibió que lo hiciera. Le permitió, sin embargo, que casara a Electra con un campesino de Micenas, quien, por temor a Orestes y porque era naturalmente casto, jamás llegó a consumar esa unión desigual . Así, desatendida por Clitemestra, quien había dado a Egisto tres hijos llamados Erígona, Aletes y la segunda Helena, Electra vivía en una pobreza deshonrosa y sometida a una estrecha y constante vigilancia. Al final se decidió que, a menos que aceptase su destino, como había hecho su hermana Crisótemis, y se abstuviera de llamar públicamente a Egisto y Clitemestra "adúlteros asesinos", sería desterrada a alguna ciudad lejana y encerrada allí en un calabozo en el que nunca penetrara la luz del sol. Pero Electra despreciaba a Crisótemis por su subordinación y su deslealtad a su padre difunto, y en secreto enviaba frecuentes recordatorios a Orestes de la venganza a la que estaba obligado . Orestes,
quien había llegado a la edad viril, hizo una visita al Oráculo
de Delfos para preguntar si debía o no destruir a los asesinos
de su padre. La respuesta de Apolo, autorizada por Zeus, fue que si
no vengaba a Agamenón se convertiría en un paria de
la sociedad, se le prohibiría la entrada en todo altar o templo
y enfermaría de una lepra que devora la carne y hace que brote
en ella un moho blanco . Se le recomendó que hiciera libaciones
junto a la tumba de Agamenón, que dejara un rizo de su cabello
sobre ella y, sin ayuda de compañía alguna de lanceros,
impusiera astutamente el En el octavo año -o, según algunos, al cabo de veinte años- Orestes volvió en secreto a Micenas, pasando por Atenas, decidido a matar a Egisto y a su madre . Una mañana, acompañado por Pílades, fue a visitar la tumba de Agamenón y allí se cortó un mechón del cabello mientras invocaba a Hermes Infernal, patrono de la paternidad. Al ver que se acercaba un grupo de esclavas, sucias y desgreñadas, para actuar como plañideras, se refugió en un matorral cercano para observarlas. La noche anterior Clitemestra había soñado que daba a luz una serpiente, a la que envolvía en pañales y amamantaba. De pronto gritó en su sueño y alarmó a todo el palacio declarando que la serpiente le había sacado del pecho sangre además de leche. La opinión de los adivinos con los que consultó fue que había incurrido en la ira de los muertos; y en consecuencia las esclavas plañideras iban en su nombre a hacer libaciones en la tumba de Agamenón, con la esperanza de aplacar a su ánima. Electra, que formaba parte del grupo hizo las libaciones en su propio nombre, no en el de su madre, ofreció a Agamenón plegarias en favor de la venganza y no del perdón, y rogó a Hermes que invocase a la Madre Tierra y los dioses del Infierno para que escucharan su súplica. Al ver el mechón de cabellos colocado sobre la tumba, dedujo que sólo podía pertenecer a Orestes, porque se parecía mucho al suyo en el color y la contextura y porque ninguna otra persona se habría atrevido a hacer semejante ofrenda . Luchando entre la duda y la esperanza, estaba Electra comparando sus pies con la huellas que había dejado Orestes en la arcilla junto a la tumba y descubriendo en ellas un parecido familiar, cuando él salió de su escondite, hizo ver a su hermana que el mechón era suyo y le mostró la túnica con la que había huido de Micenas. Electra lo acogió con gran alegría, y juntos invocaron a su antepasado el Padre Zeus, a quien recordaron que Agamenón le había tributado siempre grandes honores y que si se extinguiera la Casa de Atreo no quedaría en Micenas nadie que le ofreciera las hecatombes acostumbradas, pues Egisto adoraba a otros dioses . Cuando las esclavas refirieron a Orestes el sueño de Clitemestra, se reconoció a sí mismo en la serpiente y declaró que, en efecto, él desempeñaría el papel de la astuta serpiente y extraería sangre del cuerpo pérfido de su madre. Luego ordenó a Electra que entrara en el palacio y no le dijera a Clitemestra nada de su encuentro; él y Pílades la seguirían poco tiempo después y pedirían hospitalidad en la puerta como extranjeros y suplicantes, simulando que eran focenses y hablando el dialecto parnasiano. Si el portero se negaba a admitirlos, la inhospitalidad de Egisto escandalizaría a la ciudad; si les admitía, no dejarían de vengarse. Poco después Orestes llamó a la puerta del palacio y preguntó por el dueño o la dueña de la casa. Salió Clitemestra en persona, pero no reconoció a Orestes. Él fingió que era un eolio de Dáulide que le llevaba malas noticias de un tal Estrofio al que había encontrado por casualidad en el camino de Argos; tenía que comunicarle que su hijo Orestes había muerto y que sus cenizas estaban guardadas en una urna de bronce. Estrofio deseaba saber si debía enviarlas a Micenas o enterrarlas en Crisa Clitemestra hizo entrar inmediatamente a Orestes y ocultando su alegría a los sirvientes, envió a su anciana nodriza, Geilisa, en busca de Egisto, que se hallaba en un templo cercano. Pero Geilisa reconoció a Orestes a pesar del disfraz y, alterando el mensaje, le dijo a Egisto que se regocijase porque ahora podía acudir solo y sin armas a saludar a los portadores de la buena noticia: su enemigo había muerto . Sin sospechar nada, Egisto entró en el palacio donde, para crear una nueva distracción, acababa de llegar Pílades con una urna de bronce. Le dijo a Clitemestra que esa urna contenía las cenizas de Orestes, que Estrofio había decidido enviar a Micenas. Esta aparente confirmación del primer mensaje hizo que Egisto confiara por completo, por lo que Orestes no tuvo dificultad para desenvainar su espada y darle muerte. Clitemestra reconoció entonces a su hijo y trató de aplacarlo descubriéndose el pecho y apelando a su deber filial, pero Orestes la decapitó de un solo golpe con la misma espada y su madre cayó junto al cuerpo de su amante. Erguido sobre los cadáveres, Orestes habló a los sirvientes del palacio, sosteniendo en alto la red todavía manchada con sangre en la que Agamenón había muerto y disculpándose elocuentemente por el asesinato de Clitemestra, recordándoles su traición y agregando que Egisto había sufrido la sentencia prescrita por la ley para los adúlteros No
satisfecho con matar a Egisto y Clitemestra, Orestes acabó
con la segunda Helena, hija de ambos, y Pílades rechazó
a los hijos de Nauplio, que habían venido a socorrer a Egisto Este es un mito decisivo con numerosas variantes. El olimpianismo se había formado como una religión de transacción entre el principio matriarcal pre-helénico y el principio patriarcal helénico; la familia divina se componía al comienzo de seis dioses y seis diosas. Un equilibrio de poder inquieto se mantuvo hasta que Atenea volvió a nacer de la cabeza de Zeus, y Dioniso, renacido de su muslo, ocupó el asiento de Hestia en el Consejo divino; en adelante la preponderancia masculina en todos los debates divinos estaba asegurada -situación que se reflejaba en la Tierra- y se podía desafiar con buen éxito las antiguas prerrogativas de las diosas. La herencia matrilineal era uno de los axiomas tomados de la religión pre-helena. Puesto que todos los reyes tenían que ser necesariamente extranjeros que gobernaban en virtud de su casamiento con una heredera al trono, los príncipes reales aprendieron a considerar a su madre como el principal soporte del reino y al matricidio como un crimen inimaginable. Se les criaba de acuerdo con los ritos de la religión anterior, según la cual el rey sagrado había sido engañado siempre por su esposa diosa, muerto por su heredero y vengado por su hijo; sabían que el hijo nunca castigaba a su madre adúltera, quien había actuado con toda la autoridad de la diosa a la que servía. La antigüedad del mito de Orestes es evidente por su amistad con Pílades, con quien se halla en exactamente la misma relación que Teseo con Pirítoo. En la versión arcaica era sin duda un príncipe fócense quien mató ritualmente a Egisto al término de los ocho años de su reinado y se convirtió en el nuevo rey casándose con Crisótemis, la hija de Clitemestra. Otros rastros denunciadores de la versión arcaica subsisten en Esquilo, Sófocles y Eurípides. Egisto es muerto durante el festival de la diosa de la Muerte, Hera, mientras corta ramas de mirto, y lo ultiman como al toro Minos, con un hacha de los sacrificios. La salvación de Orestes ("montañés") por Geilisa en una túnica "bordada con fieras", y la estada del preceptor entre los pastores de Taños, recuerdan juntos la conocida fábula del príncipe real envuelto en una túnica y abandonado en una montaña a merced de las fieras y cuidado por pastores, con la túnica reconocida finalmente, como en el mito de Hipótoo . La sustitución por Geilisa de la víctima regia con su propio hijo se refiere, quizás, a una etapa de la historia religiosa en que el niño que sustituía anualmente al rey no era ya miembro del clan real. ¿Hasta qué punto pueden ser aceptadas, por tanto, las características principales le la fábula tal como las dan los dramaturgos áticos? Aunque es improbable que las Erinias hayan sido introducidas injustificadamente en el mito -que, como el de Alcmeón y Erifila parece haber sido una advertencia moral contra la menor desobediencia, perjuicio o insulto que un hijo podía hacer a su madre- es igualmente improbable que Orestes matara a Clitemestra. Si lo hubiera hecho, Homero sin duda lo habría mencionado y no le habría llamado "semejante a los dioses"; pero solamente escribe que Orestes mató a Egisto, cuyo banquete fúnebre celebró conjuntamente con el de su odiada madre (Odisea iii.306 y ss.). La Crónica paria tampoco menciona el matricidio en la acusación contra Orestes. Es probable, por tanto, que Servio haya conservado el verdadero relato: que Orestes, después de matar a Egisto, se limitó a entregar a Clitemestra a la justicia popular, cosa que recomienda significativamente Tindáreo en el Orestes de Eurípides . Sin embargo, ofender a una madre negándose a defender su causa, por malvadamente que hubiera obrado, bastaba bajo la antigua ley divina para hacer que le persiguieran las Erinias. Parece,
en consecuencia, que este mito, que circulaba ampliamente, había
colocado a la madre de una familia en una posición tan fuerte
cuando surgía alguna disputa familiar, que el sacerdocio de
Apolo y de Atenea nacida de Zeus (traidora a la vieja religión)
decidió suprimirlo. Lo consiguieron haciendo que Orestes no
se limitase a someter a juicio a Clitemestra, sino que la matase y
luego consiguiese la absolución en el tribunal más venerable
de Grecia: con el apoyo de Zeus y la intervención personal
de Apolo, quien también había incitado a Alcmeón
a asesinar a su traidora madre, Erifila. La intención de los
sacerdotes era invalidar, de una vez por todas, el axioma religioso
de que la maternidad es más divina que la paternidad. La
Odisea:
Ulises, rey de Itaca, en griego era llamado "Odiseo"
(Ulises =Odiseo) por eso el poema de Homero que cuenta el viaje de
Ulises, desde Troya hasta Itaca, se llama "Odisea". La guerra de Troya
duró diez años y terminó gracias a que a Ulises se le ocurrió la idea
de engañar a los troyanos haciéndoles creer que los griegos se marchaban,
dejándoles de regalo un enorme caballo de madera . Cuando terminó
la guerra todos los reyes y guerreros griegos volvieron a sus casas.
Ulises salió de Troya con sus hombres, en doce barcos, todos tenían
muchas ganas de volver a su tierra. Ulises estaba deseando volver
a ver a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco, al que no veía desde
que era muy pequeñito. Pero los dioses habían preparado a Ulises un
largo y accidentado viaje, desde Troya hasta Itaca, que duraría diez
años más, cuyo relato conocemos con el nombre de "Odisea". Cuando salieron de Troya los vientos les fueron desfavorables y llevaron los barcos a la deriva, muy lejos de la ruta de Itaca. Después de muchos días de viaje llegaron al País del Loto donde la gente se alimentaba sólo de flores. Los tres hombres que Ulises mandó a por agua y provisiones a tierra fueron recibidos muy amistosamente por los habitantes de este País que les ofrecieron para comer la "flor del loto", una flor de un dulzor tan maravilloso que los que la comían se olvidaban de todo y sólo querían quedarse para siempre en esa tierra y vivir en un sueño feliz, sin preocuparse de nada. Cuando Ulises descubrió lo que había ocurrido desembarcó con el resto de sus compañeros, ató de pies y manos a los tres hombres adormecidos por la flor del loto, los llevó a los barcos y, temiendo que otros hombres probaran también el loto, ordenó que desplegaran las velas y remaran con fuerza para escapar cuanto antes del País de los lotófagos. Llegaron después a la isla de Sicilia donde vivían los cíclopes, unos gigantes muy feroces, con un solo ojo en el centro de la frente que vivían en cuevas. El más malo de todos los cíclopes era Polifemo, hijo del dios Poseidón, que tenía numerosos rebaños de ovejas y cabras. Ulises sin saber nada de los cíclopes fue a explorar la isla con sus hombres llevando un odre de vino y un saco de comida. Llegaron a la cueva de Polifemo, que estaba en el monte con sus rebaños, y los compañeros de Ulises cogieron quesos, leche, corderos y chivos y quisieron marcharse rápidamente de aquel lugar. Pero Ulises quiso quedarse para conocer al dueño de aquel sitio. Cuando se hizo de noche llegó Polifemo con su rebaño y al descubrir a Ulises y a sus compañeros dentro de la cueva se enfadó mucho, empezó a gritar, cerró la entrada con una enorme piedra, agarró a dos de los hombres y se los comió. Entonces Ulises le ofreció el vino y la comida que llevaba. Cuando el cíclope le preguntó cómo se llamaba, el astuto Ulises, le dijo: - Me llamo "Nadie". Polifemo le contestó: - A ti "Nadie" te comeré el último como prueba de mi hospitalidad. Polifemo se bebió todo el vino, se emborrachó y se quedó dormido. Entonces Ulises, ayudado por sus hombres, aprovechó para clavarle el tronco afilado de un olivo, calentado al rojo vivo, en el único ojo del cíclope que se despertó del dolor dando muchos gritos y quejándose. Al oír sus voces llegaron muchos cíclopes a la puerta de la caverna y le preguntaron si alguien le había hecho daño, Polifemo les dijo que: -"Nadie" me ha hecho daño. Al oír esto los otros cíclopes se fueron pensando que no le pasaba nada. Después
Polifemo quitó la piedra que tapaba la salida de la cueva y se sentó
fuera, extendiendo los brazos, de vez en cuando, para que no se le
escapara ningún hombre. El ingenioso Ulises ató las ovejas de tres
en tres y debajo iba atando a uno de sus hombres, finalmente se sujetó
a la barriga del cordero más grande del rebaño. Por la mañana temprano
las ovejas y los carneros salieron fuera de la cueva a pacer y así Entonces Polifemo suplicó a su padre Poseidón, dios del mar, que castigara a Ulises, con estas palabras: -Escúchame Poseidón y concédeme el deseo que Odiseo no pueda nunca volver a su palacio. Pero si está destinado a regresar a su País, que sea tarde y mal, después de perder a todos sus compañeros. A partir de este momento la cólera de Poseidón perseguirá a Ulises durante el resto de su viaje Llegaron a Eolia, la isla donde vivía Eolo, dios de los vientos, que los recibió con mucha hospitalidad. Después de descansar durante un mes Ulises le rogó a Eolo que le ayudara a volver a su casa. Eolo impulsó las naves de Ulises hacia Itaca con vientos favorables y, para que nada pudiera interferir en el camino de regreso, puso todos los vientos desfavorables dentro de un odre, que había fabricado con la piel de un toro. Estuvieron navegando durante diez días hasta que vieron las costas de Itaca. Parecía que el viaje se iba a acabar. Pero Ulises, que estaba muy cansado, se quedó dormido y sus compañeros no pudiendo vencer a la curiosidad abrieron el odre de los vientos, pensando que contenía oro y plata , al liberarse todos los vientos desfavorables, se desató una violenta tormenta que llevó los barcos, otra vez, a la isla de Eolia. Desesperado Ulises desembarcó con algunos de sus hombres para pedirle, otra vez, a Eolo que le ayudara a regresar a Itaca. Pero Eolo se asustó mucho al ver a Ulises porque pensó que era un hombre aborrecido por los dioses y lo echó de su isla diciéndole: -¡Márchate de mi isla, no voy a ayudar más veces a un hombre al que los dioses odian! Navegaron durante siete días y llegaron a la tierra de los Lestrigones. Ulises envió tres hombres a explorar y llegaron hasta un castillo donde vivía el rey de aquellas tierras que era el gigante Antífate al cual le gustaba comer seres humanos y nada más verlos se comió a uno de los exploradores de Ulises. Los otros dos salieron corriendo y avisaron a Ulises del peligro pero, ya era demasiado tarde porque avisados por su rey, llegaron muchísimos gigantes lestrigones que desde lo alto de las rocas lanzaron piedras contra los barcos y se comieron todos los hombres que capturaron. Hundieron todos los barcos menos el de Ulises en el que escaparon los pocos hombres que se salvaron de aquella horrible matanza. Con un solo barco y unos pocos hombres Ulises llegó a la isla de Eea, donde vivía la maga Circe, una bellísima hechicera que convertía a las personas en animales.Ulises se quedó en el barco con la mitad de sus hombres y mandó a Euríloco bajar a tierra con la otra mitad, llegaron al palacio de Circe y vieron que estaba rodeado por numerosos lobos y leones, que en realidad eran marineros que la maga había hechizado, y que al acercarse, en lugar de atacarles se ponían de pié sobre las patas traseras y les acariciaban.Cuando los vio Circe les invitó a pasar a su palacio y les preparó una gran comida, todos entraron menos el prudente Euríloco que se quedó fuera observando. La maga Circe les sirvió una comida embrujada, convirtió a los hombres de Ulises en cerdos y los metió en una pocilga. Euríloco volvió corriendo para contar lo que había pasado y Ulises se fue solo a salvar a sus compañeros. En el camino se le apareció el dios Hermes que le previno de los trucos de Circe y le dio una flor, que sólo conocían los dioses, cuyo olor le protegería de los hechizos de la maga. Cuando Ulises llegó al palacio de Circe, esta le preparó también una comida embrujada y cuando terminaron de comer tocó con su varita en el hombro de Ulises diciéndole: - Vete a reunirte con tus compañeros a la pocilga. Pero Ulises se levantó de un salto con la espada en la mano y se lanzó sobre la hechicera como para matarla y Circe se arrojó al suelo, se puso a llorar y le pidió perdón a Ulises diciéndole: - ¿Quién eres? ¿Por qué mi magia no te hace efecto? Ulises le ordenó que transformara a sus compañeros y a todos los marineros que tenía embrujados en humanos y mandó venir a los que estaban esperando en el barco. La hechicera les ofreció su palacio para que descansaran de su largo viaje y allí se quedaron durante un año. Odiseo anhelaba continuar su viaje y Circe le dejó ir. Pero primeramente debía hacer una visita al Tártaro y buscar allí al adivino Tiresias, quien le profetizaría la suerte que le esperaba en Itaca, si llegada alguna vez a ella, y después. «El soplo del Viento Norte conducirá tu nave —le dijo Circe— hasta que hayas atravesado el océano y llegues al bosque de Perséfone, notable por sus álamos negros y sus añosos sauces. En el punto donlos ríos Flegetonte y Cocito desembocan en el Aqueronte cava una zanja y sacrifica un carnero joven y una oveja negra, que yo misma proporcionaré, a Hades y Perséfone. Deja que la sangre entre en la zanja y mientras esperas a que llegue Tiresias ahuyenta a todas las otras ánimas con tu espada. Deja que Tiresias beba todo lo que quiera y luego escucha atentamente su consejo.». Luego de visitar el Tártaro volvieron a la isla Eea y la maga Circe se reunió con Ulises para ayudarle en el viaje de vuelta. Circe le dijo a Ulises:- Primero pasarás junto a la costa de las tres sirenas. Las Sirenas, cuyas bellas voces encantaban a todos los que navegaban por las cercanías. Hijas de Aqueloo, o, según dicen algunos, de Forcis, y la musa Terpsícore, o Estérope, hija de Portaón, tenían rostros de muchacha, pero patas y plumas de aves, y se dan muchas versiones diferentes para explicar esa peculiaridad: como que jugaban con Core cuando la raptó Hades, y que Deméter, ofendida porque no habían acudido en su ayuda, les dio alas y dijo: «¡Idos y buscad a mi hija por todo el mundo!» O que Afrodita las transformó en aves porque, por orgullo, no querían entregar su virginidad a los dioses ni los hombres. Pero ya no pueden volar, porque las Musas les vencieron en un certamen musical y les arrancaron las plumas de las alas para hacerse coronas. Ahora permanecen sentadas, cantando en una pradera entre los montones de huesos de los marineros a los que han arrastrado a la muerte. Al pasar entre ellas Ulises - Deberás tapar los oídos de tus hombres con cera y ordenar que te aten al mástil de tu barco para así poder oír sus canciones sin peligro. - Después tu barco debe pasar por un lugar muy peligroso entre dos escollos. A un lado vive la divina Caribdis que tres veces al día absorbe las aguas del mar y otras tres veces las vomita y al otro la terrible Escila monstruo de doce patas y seis cabezas con seis larguísimos cuellos.
Para pasar deberás arrimarte al escollo de Escila que te arrebatará
seis de tus compañeros, pero es la única posibilidad de salvar el
barco y al resto de tus hombres. - Luego llegaréis a la isla del Tridente
donde pacen los rebaños del dios Sol, debes respetarlos porque de
lo contrario perderás tu barco y a todos tus compañeros. Emprendieron
el viaje y llegaron a la costa de las sirenas. Ulises tapó con cera
los Desataron a Ulises y se quitaron la cera de los oídos. A lo lejos oyeron un gran ruido como de batir de olas. Ulises sabía que se trataba de Caribdis y así habló a sus compañeros: - ¡Remad con fuerza que tenemos que pasar entre esos peñascos para llegar a Itaca!. Dirigieron el barco hacia el estrecho, evitando el lado en el que estaba Caribdis que primero sorbía el agua con gran ruido, dejando a la vista el fondo arenoso del mar, y luego la vomitaba levantando una gran nube de vapor y espuma que cubría todo el promontorio. Ante la terrible visión que tenían ante sus ojos los hombres estaban como petrificados y Ulises tenía que ir recorriendo el barco animándolos a todos y obligándoles a remar. Cuando pasaron por el estrecho iban mirando a Caribdis y de repente, por el otro lado, aparecieron las seis cabezas de Escila que se llevaron a seis compañeros de Ulises. Dejaron atrás las horribles Caribdis y Escila y avistaron la isla del dios Sol. Ulises recordando las profecías del adivino Tiresias de Tebas y de la maga Circe reunió a los pocos hombres que le quedaban y les dijo: - No podemos parar en esta isla porque aquí viven las vacas y ovejas del dios Sol y si alguien hace daño a esos animales sagrados será castigado por el dios Sol y por todos los dioses del Olimpo. Pero los hombres estaban agotados y Euríloco habló en nombre de todos y le dijo a Ulises: - No tenemos tu fuerza Ulises, necesitamos descansar en la isla, aunque solo sea por esta noche, y mañana por la mañana continuar el viaje. Ante la insistencia de sus compañeros Ulises accedió a parar unas horas en la isla, aunque les hizo prometer que no tocarían ni uno solo de los animales del dios Sol. En cuanto desembarcaron Zeus desató un fuerte viento que no les dejó salir de la isla durante treinta días. Pronto se terminó la comida y el vino que les había regalado Circe y sólo comían lo que podían pescar o cazar. Cuando llegó el hambre empezaron las primeras protestas. Un día que Ulises estaba paseando por la isla, Euríloco aprovechó para hablar a sus compañeros: - Oídme, es terrible ser castigado por los dioses, pero es mucho peor morir de hambre teniendo a nuestro alcance esas vacas tan gordas.
Así habló Eurícolo y convenció a los hombres que, rápidamente, sacrificaron
las mejores vacas del dios Sol y se las comieron. Cuando Ulises regresó
y vió lo que había pasado se enfadó mucho pero ya no había remedio
porque el dios Sol había pedido a Zeus que castigara a los hombres
que habían matado a sus vacas. Dejó de soplar el viento, subieron
al barco y remaron con fuerza para escapar de la isla y del castigo
de los dioses. Pero Zeus envió un rayo que partió el barco por la
mitad y lo hundió en el fondo del mar. Se ahogaron todos los hombres
menos Ulises, que, agarrado a un trozo de madera, llegó a la isla
Ogigia donde vivía la ninfa Calipso. La isla Ogigia estaba en el fin del mundo. Calipso vivía en una gran cueva cuya entrada estaba oculta por una parra. Al lado de la cueva había una verde pradera de perejil y lirios, regada por cuatro riachuelos y bosquecillos de olmos, chopos, álamos y cipreses. Calipso se enamoró de Ulises y lo retuvo en la isla durante siete años. Le prometió la inmortalidad y la eterna juventud si se quedaba para siempre con élla, pero Ulises no podía olvidar a su familia y todas las tardes se sentaba en la costa, a mirar el mar, añorando Itaca y lloraba de tristeza pensando en su hijo Telémaco. Una vez que Poseidón no estaba en el Olimpo, porque había ido al país de los negros, la diosa Atenea aprovechó la ocasión para explicar a Zeus que la ninfa Calipso estaba reteniendo a Ulises en contra de su voluntad y pedirle que lo liberara. Zeus accedió a la petición de Atenea y envió a Hermes a la isla Ogigia para que ordenara a Calipso que dejara marchar de su isla a Ulises. Zeus había decidido que Ulises viajaría en una balsa de madera hasta la tierra de los feacios, los cuales le tratarían como a un dios, le regalarían oro y hermosas vestiduras y lo llevarían en un barco a Itaca. Calipso no tiene más remedio que obedecer y le da a Ulises las herramientas necesarias para que construya una balsa. Durante cuatro días trabajó Ulises sin descanso hasta que terminó de prepararlo todo. Calipso dió a Ulises un odre de agua, otro de vino y un zurrón con provisiones, hizo soplar una ligera brisa y lo despidió. Lleno de alegría Ulises dejó la isla Ogigia, estuvo navegando en alta mar durante diecisiete días, hasta que el día decimoctavo avistó las costas de Feacia. Pero en ese momento Poseidón regresaba de su viaje del país de sus amigos, los negros de Etiopía, y vio a Ulises acercándose a la costa. Poseidón encolerizado envió una gran ola contra la balsa y la hizo volcar. Ulises cayó al agua, aunque con gran esfuerzo consiguió salir del fondo del mar y subirse otra vez a la balsa, entonces Poseidón hizo soplar todos los vientos del mar, el Bóreas, el Euro, el Noto y el Céfiro, los cuales empujaron de un lado a otro la balsa de Ulises sin dejarle llegar a tierra Poseidón Cuando Ulises llegó a la ciudad de los feacios lo primero que hizo fue dirigirse al palacio y presentarse ante la reina Arete y el rey Alkinoo para rogarles que le ayudaran a volver a Itaca, su patria. El buen rey Alkinoo pensó que aquél náufrago lo había enviado el dios Zeus para probar su hospitalidad y la de todo su pueblo por lo que ordenó que se organizaran unas fiestas en honor de su huésped y que se preparara un barco con cincuenta y dos valientes y expertos remeros para llevar a Ulises a Itaca. Los príncipes feacios obsequiaron a Ulises con lujosas vestiduras, gran cantidad de oro y valiosos regalos. Desde el barco Ulises les dijo adiós con la mano, muy agradecido por lo bien que le habían tratado. Los feacios remaban con tanta fuerza que el barco se deslizaba a gran velocidad sobre las aguas del mar. Ese mismo día, antes de anochecer, la nave feacia arribó a las costas de Itaca. Los remeros feacios sacaron a Ulises del barco sin despertarlo y lo dejaron en la playa con todos los tesoros que le habían regalado. Inmediatamente iniciaron el viaje de vuelta. El
dios Poseidón, al enterarse que Ulises había llegado a Itaca, se dirigió
a Feacia para castigar a los que habían ayudado a Ulises y cuando
el barco estaba dentro del puerto lo rozó con sus dedos convirtiéndolo
en piedra. Los feacios se asombraron al ver su barco petrificado.
Entonces el rey Alkinoo tomó la palabra y les dijo: - Feacios, ahora
recuerdo la antigua profecía que decía que un día el dios Poseidón
celoso de la habilidad de los remeros feacios para transportar hombres
por el mar convertiría una de nuestras naves en piedra y después crearía
una gran montaña de piedra enfrente de nuestra ciudad que nos impediría
ver el mar. Cuando Ulises despertó no reconoció el paisaje de su tierra natal. A su lado estaban los tesoros que le habían regalado los feacios pero le preocupó no saber dónde se encontraba. Atenea quiso ayudarle una vez más y, para no asustarlo, se presentó ante él adoptando la forma de un pastorcillo. Al ver llegar al pastor Ulises le preguntó: - Pastor, por favor, ¿puedes decirme cómo se llama este país? - Estás en Itaca, le contestó el pastorcillo. Ulises sintió una inmensa alegría, por fin había llegado a su patria. Cuando Ulises se tranquilizó Atenea se mostró como diosa y le dijo: - Soy la diosa Atenea y desde que saliste de Troya he estado siempre a tu lado en los momentos difíciles, cuidándote y velando por tí. Aunque ya estás en Itaca no pienses que los peligros han acabado. Tu palacio está lleno de príncipes y nobles que pretenden casarse con tu esposa, la reina Penélope, para así convertirse en el nuevo rey de Itaca. Los pretendientes de tu esposa llevan tres años ocupando tu palacio comiendo, bebiendo y gastando tu dinero. Mientras tanto tu fiel esposa, con el corazón entristecido, espera todos los días tu regreso. Atenea aconsejó a Ulises que guardara los regalos de los feacios en la cueva de las ninfas Náyades, después puso una gran piedra en la entrada para que nadie pudiera robarlos. Por último Atenea cambió el aspecto de Ulises, para que nadie pudiera reconocerlo, transformándole en un anciano de piel arrugada con ropas sucias y harapientas. Antes de marcharse Atenea dio las últimas instrucciones a Ulises: - Recuerda que no debes decir a nadie quién eres. Eumeo recibió al mendigo con gran hospitalidad. Le contó la prolongada ausencia de su rey, la pena que sentía por tener que engordar a los cerdos de su amo para que luego se los comieran otros, Ulises, el falso mendigo, se hizo pasar por un viajero de Creta al que el destino había dejado sin dinero y le aseguró que Ulises estaba vivo porque había oído hablar de él durante sus viajes y que sabía que pronto regresaría a Itaca. Al anochecer prepararon cerdo asado en honor de su huésped. Después de cenar Ulises los entretuvo con historias sobre la guerra de Troya. Eumeo preparó para su huésped una cama cerca del fuego donde Ulises durmió plácidamente con la alegría de estar de nuevo en Itaca y orgulloso de ver lo bien que cuidaba Eumeo de sus bienes. Telémaco, hijo de Ulises, había ido a Esparta para preguntarle al rey Menelao por su padre. Por la noche se le apareció la diosa Atenea y le dijo que tenía que volver rápidamente a Itaca porque los pretendientes le estaban exigiendo a su madre que eligiera, sin más demora, esposo para casarse. Le advirtió de los peligros del viaje de vuelta porque algunos de los pretendientes, encabezados por Antinoos, le estaban esperando con un barco para atacarle y, por ultimo, le aconsejó que navegara de noche y que cuando llegara a Itaca evitara el puerto, desembarcara en la playa y se dirigiera a pié hasta la casa de Eumeo, el porquerizo. Por la mañana cuando se estaba despidiendo de los reyes Menelao y Helena un águila bajó de la montaña y se llevó en las garras una oca que estaba en un corral. La reina Helena profetizó que al igual que el águila había llegado de las montañas para llevarse la oca, Ulises regresaría a su tierra para recuperar todo lo que le pertenecía. Telémaco desembarca en Itaca y se dirige andando a casa de Eumeo, que lo recibe con gran alegría y le ruega que permanezca oculto en su cabaña. Telémaco le ordena que vaya a avisar a la reina Penélope de su regreso. Cuando Eumeo se marcha, Atenea devuelve a Ulises su verdadero aspecto. Telémaco siente miedo porque cree que está en presencia de un dios, pero Ulises, con lágrimas en los ojos, le tranquiliza diciendo: - Soy tu padre, que ha vuelto a buscarte después de veinte años de ausencia. Padre e hijo se abrazaron y lloraron de alegría emocionados. Al día siguiente Ulises, con aspecto de mendigo, llega también a la ciudad y, en las puertas del palacio, se encuentra con su viejo perro Argos que lo reconoce a pesar de la larga ausencia, se le acerca moviendo alegre el rabo y cae muerto a sus pies al no poder soportar la emoción del reencuentro con su amo. Ulises entra en el palacio y pid limosna a los pretendientes, Antinoos le insulta. Otro mendigo, llamado Iro, pretende echar a lises del palacio. La reina Penélope se presenta en la sala, todos alaban su hermosura y la colman de regalos La mañana siguiente Penélope comunica a todos los pretendientes su decisión de organizar un concurso con el arco que había pertenecido al rey Ulises. Además ha tomado la decisión de casarse con el vencedor. El primero que participa es Liodes, pero no puede tensar el arco. Uno tras otro los pretendientes intentan tensar el arco, pero ninguno lo consigue. Hasta que finalmente toma el arco Ulises y logra hacerlo funcionar dando a conocer su identidad Así, Ulises, Penélope y Telémaco vivieron felices en Itaca el resto de sus días. Volver |
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